Diario

Crónicas de una peregrinación culinaria

Paradigmas: Al desnudo

En los últimos 10 años mi cabello se empezó a debilitar y a caer. Tenía épocas del año en que la caía del cabello era más frecuente, como en invierno. Y en muchas ocasiones dependía del nivel de tensión interna que tuviera. Siempre escuché que raparse (afeitar el cráneo) tenía el mismo efecto de podar las plantas: se estimula el crecimiento y el cabello sale más grueso. Pero eso sonaba extremo y creía que me sentiría al desnudo. A mediados del 2018, cuando ví que los planes de un gran cambio se estaban consolidando, pensé que quería tener un acto simbólico, tipo ritual para que siempre recordara este momento de volver a empezar. Raparse sonaba apropiado y la vergüenza que sentiría al presentarme al trabajo y amigos con mi nuevo look no sería un problema, porque estaría viajando a países en donde nadie me conocía. Sin embargo, como sentía que el cambio iba a ser drástico, me corté dos meses antes de viajar el cabello por encima de los hombros para que el cambio no fuera tan “extremo”. Me prometí entonces raparme antes de salir de Londres, el mismo día del vuelo, con el fin de empezar el viaje rapada y también porque temía de las condiciones higiénicas del pueblo al que llegaría en India. Sin embargo, algo no me dejó hacerlo, sentí que no era el momento. Ahora entiendo porqué. Porque si se trataba de un ritual, tenía que hacerlo en un estado de calma, no en el medio de la ansiedad del viaje. 

Después de llegar a Rishikesh, olvidé el tema. De alguna manera, como que me arrepentí. Los días empezaron a pasar y la mente a calmar. El lunes 11 de Marzo al despertar escuché el susurro de ClauSapere Aude (mi voz interior) diciendo: señorita, hoy es el día de tu ritual. Me puse muy contenta al escuchar esa voz, desayuné y le dije al administrador del hotel en donde me encontraba: “Me puede llevar por favor a una peluquería, me voy a rapar”. El soltó la carcajada, y me preguntó: porqué? Se va a ver como un “dummy”. Aún no sé si fue un insulto. Luego me preguntó: Ya? y le respondí: Listo, vamos ya.

Cuando llegamos a la peluquería, me empezó a dar un poco de susto. Pero no había turno y entonces el proceso empezó. Con una hoja de cuchilla de afeitar gillette (Las mismas que usaba mi papá hace 40 años), sin máquina, este hombre con una maestría, empezó a quitarme el cabello, sin hesitar pero con mucha entrega a su trabajo. Cuando estaba al frente de él, se me olvidó el tema de la higiene, ya no me importó, o más bien creo que me sentía muy segura en sus manos. Con cada corte, sentía una liberación especial y al mirarme al espejo sentía que descubría nuevas partes de mi. Podía ver con más claridad mis ojos, mis gestos y mis expresiones. Luego este hombre hermoso, aplicó un aceite de hierbas y empezó a darme un masaje vigoroso. Literalmente sentía que me estaba tocando un área virgen. Esa parte de mi cuerpo, el cuero cabelludo nunca había tenido tanta atención. 

Antes de raparme, me llegaban comentarios de que en el cabello hay energía que no se puede cortar y que no se debe hacer. Agradezco a mi intuición, el no dejar que los comentarios externos me llenen de miedo, sino atender el significado que tiene para mí.

Al llegar al hotel de nuevo, estuve como una hora descubriendo una parte de mi que no conocía: Un cuero cabelludo con pecas, algunos huesos salidos, unas ligeras protuberancias y luego darme un masaje de nuevo para sentir con mis manos esa sensación de desnudez…

Después de unos días vinieron unas reflexiones, que me hicieron entender porque ClauSapere Aude me empujó a raparme:

Primero, un proceso de total amor propio aceptando cada parte de mi cara. Al estar rapada, mi rostro se veía con todos sus atractivos, más las manchitas y las arruguitas. Todo como con una lupa.

Con el paso de los días, olvidé que estaba calva. Y empecé a conocer personas, que después de establecer cierta interacción, curiosas me preguntaban, Cuando te rapaste? y porqué?. La primera vez que me lo preguntaron, antes de responder, mi mente me dijo “Ahh cierto que estoy calva”. Este hecho de haber notado que durante mi interacción con las personas no estaba considerando el hecho de estar calva, que Claudia seguía siendo Claudia y que mi alma estaba completamente desconectada de mi apariencia exterior; me hizo caer en cuenta del apego que tenía a mi imagen exterior a la hora de entablar relaciones. Y por supuesto, esto se extiende a pensar que yo soy o estoy definida por aquello que sé o por aquello que poseo. Espero ser clara, porque aún es algo que encuentro difícil de explicar. 

Me dí cuenta que cuando estoy por ejemplo, estrenando un vestido o cuando voy al peluquero a que arregle mi cabello con un peinado especial, de alguna manera me muevo diferente, tal vez las expresiones de mi cara son diferentes y hasta el tono de la voz cambia. Como tratando de sincronizar mi apariencia exterior con una imagen de quien no soy. Pero en esta ocasión, estando calva, no era así. Mi mente no era consiente de ello. Es posible que sea porque el cabello es parte de mi cuerpo, y si esta es la razón, creo que con esta experiencia pude sentir de cerca que realmente mi ser, mi esencia es independiente de mi apariencia exterior. Me sentí muy contenta, el haber puesto al desnudo esa parte de mi, que a veces se quiere “mostrar”, como alguien que no es.

La segunda reflexión de este ritual ocurrió como cinco o seis días después de raparme. Una mañana, mientras me estaba haciendo un masaje con aceites para hidratar el cuero cabelludo frente al espejo, noté dos marcas fuertes en el cráneo, atravesándolo de adelante hacía atrás, daban una impresión de cicatriz profunda. Y en ese momento noté que debido a esas marcas, mi cabeza tenía forma de huevo. Ese día estaban muy pronunciadas, ya que antes no las había notado. Unos minutos después sentí una profunda tristeza y me dieron ganas de llorar.  Sentí un fuerte dolor en la cabeza. Al tranquilizarme, le envié un mensaje de voz a mi mamá, preguntando si yo había nacido con fórceps. Esa noche, la llamé y mi mamá me dijo: “Wow, que coincidencia, anoche estaba leyendo un artículo sobre los efectos psicológicos y el trauma que algunas personas tienen cuando nacen con fórceps y me acordé de sumercé, si nació con fórceps. Siento que si se dió cuenta de ello en este momento, es porque está lista para sanar el dolor que le causó llegar al mundo de esta manera”. Con esas palabras, sonreí y le agradecí a mi mamá su conexión en este momento para poder liberarme de ese dolor que estuvo represado por años.

Finalmente, raparme ha sido una metáfora acerca de “confiar y soltar”. Me rapé con el firme convencimiento que era algo extremo y que confiaba que mi cabello volviera a crecer. Con el paso de las semanas, me sentí tan confortable, que ya no importa si crece o no. Este esta de “no importa” solo pudo llegar después de lanzarme, confiar y actuar. Le sigo dando mi atención y masajes como un acto de amor propio, desprendida del resultado final. Estoy entonces también usando esta metáfora en mi caminar. Confiar, que con cada paso en mi peregrinar, solo aquello que me va a hacer crecer va a llegar, lo demás se desvanecerá y el fin del camino no va a importar. 

Y colorín colorado, al desnudo he quedado :)